miércoles, 9 de junio de 2021

¿VINOS CON BAJO ALCOHOL?

¡Sí, claro! ¿Por qué no? ¿Cuál sería el problema?

Mientras que en Europa y EEUU ya se trabaja en esto hace casi dos décadas -y existen multitud de productos disponibles en las góndolas-, en nuestro país recién estamos empezando a discutir el tema.     

La búsqueda de vinos con menor tenor alcohólico es una realidad a nivel global, motivada a mí entender básicamente por dos razones. La primera netamente comercial, asociada a los cambios de hábitos de los consumidores (principalmente de los “millennials” y “generación z”) que buscan seguir disfrutando del vino pero eligiendo opciones más frescas, livianas y con menos calorías. Y la segunda de carácter vitivinícola, para enfrentar el sensible aumento de grado alcohólico potencial que están sufriendo los vinos del mundo debido al cambio climático.

Ayer me sorprendió mucho leer en redes sociales a varios “conocedores” (entiéndanse las comillas como sarcasmo) discutiendo si el vino sin alcohol era vino realmente. Incluso uno de los participantes llegó a afirmar que “el vino sin alcohol es jugo de uva”, demostrando su nulo entendimiento en la materia.

Por ello me pareció importante escribir esta nota, clarificando un poco los conceptos y, de paso, recomendando el pionero de este estilo de vinos en salir al mercado local.

Un vino bajo alcohol -o incluso 0% alcohol- es siempre un vino, pues para obtenerlo hubo fermentación alcohólica del mosto, cumpliéndose así con la definición legal de esta bebida.

Originalmente, los vinos parcial o totalmente desalcoholizados se elaboraban sometiendo el producto ya fermentado a un proceso conocido como “ósmosis inversa”, que permitía separar sus componentes a través de membranas. De esta manera, se podía retirar la parte deseada del alcohol etílico, manteniendo el resto de las características de la bebida más o menos similares. Vale aclarar que el etanol es parte estructural del vino, por ello con esta técnica se obtienen exponentes algo desequilibrados y más “flojos”. Esta práctica enológica lícita -junto a otro proceso físico de separación del alcohol que es la destilación/evaporación al vacio- están autorizados en Argentina recien desde el año 2018 (Res. INV 6/2018).

Actualmente, la búsqueda pasa por obtener vinos más ligeros y equilibrados, sin tener que recurrir a técnicas tan agresivas como las anteriormente mencionadas.  Para ello, se está trabajando fuerte en dos “frentes” interrelacionados: desde el lado agrícola tratando de obtener cosechas más tempranas y mejor equilibradas, y desde lo enológico experimentando con fermentaciones guiadas total o parcialmente por otras levaduras no productoras de alcohol. Combinando ambos procesos, se puede obtener naturalmente vinos con hasta un 50% menos de alcohol etílico, sin sacrificar su estructura molecular ni su calidad aromática/sápida. Si bien durante décadas este tipo de vinificación no estuvo tipificada en el país, desde el año 2011 se autoriza por la Res. INV C 9/2011.

Si bien hay bastante para contar sobre este tema, hoy prefiero dejarlo acá y proponerles mi vino sugerido, vinificado con las técnicas mencionadas en el párrafo anterior.

CRÍOS CHENÍN BAJO ALCOHOL 2020 ($750):

Susana Balbo Wines es una bodega argentina reconocida tanto por sus vinos de alta calidad como por su continua innovación. En abril de este año presentó esta novedosa etiqueta, el primer vino bajo alcohol del país. Está elaborado con uvas Chenín Blanc cultivadas en Lujan de Cuyo, cosechadas tempranamente y fermentadas con levaduras  de bajo poder alcoholígeno. El resultado es un blanco muy fresco, delicado y fragante. Su aroma ofrece una amplia paleta de recuerdos a frutas, tanto de carozo -durazno, damasco-, como tropicales -ananá- y cítricas -pomelo blanco-; todo combinado con dejos florales y herbáceos. Al probarlo tiene entrada amable, cuerpo medio y paso fluido; refrenda su nítido sabor afrutado, con vibrante acidez y grato final. La etiqueta indica que apenas posee 9% de alcohol, pero la verdad ni te das cuenta por qué tiene buen “medio de boca” y es muy sabroso   ¡Un vino joven y vivaz, para beber ya mismo!

¿Ustedes ya lo probaron? ¿Les gustó?

jueves, 3 de junio de 2021

LA LÍNEA JUSTA

Hoy en día, muchas bodegas “inventan” líneas de vinos, básicamente para ocupar más lineales en la góndola y aumentar su visibilidad en los puntos de venta, pero sin que las mismas tengan un criterio enológico que las justifique (incluso -muchas veces- sin una diferenciación clara del producto con respecto a las gamas que lo preceden y suceden).  

Por eso admiro y defiendo a las bodega serias, que construyen cada segmento de vinos con verdadera lógica -tanto técnica como comercial- sólo cuando tienen un vino realmente bien logrado y un concepto real para comunicar.

Tal es el caso de la línea Numina de Bodegas Salentein (Valle de Uco), que demoró casi dos décadas en ser completada. En ella, las etiquetas fueron saliendo a medida que los enólogos alcanzaban el producto exacto que querían ofrecer al mercado. Así, la línea tuvo su origen en 2003 exclusivamente con un Gran Corte, luego vinieron un Malbec y un Chardonnay, más tarde un Syrah, posteriormente un Petit Verdot y un Cabernet Franc, para cerrar ahora con un Pinot Noir (que es la etiqueta que da origen a esta nota).

No hay dudas que la bodega “tiene mano” para el Pinot Noir, ya que lo ofrece en todas sus gamas de precios. Sin embargo, este Numina fue el último en salir, marcando con exactitud el punto de inflexión entre las líneas económicas y las de alta gama.

Salentein Numina Pinot Noir 2019 ($1550):

Aquí tenemos un tinto absolutamente límpido y brillante, de tonalidad algo más intensa que lo que uno imagina el cepaje (y puede ver en las gamas Portillo y Reserva). A llevarlo a la nariz tiene buena intensidad; predominan las notas de frutas rojas y negras frescas, con suaves dejos terrosos, ahumados y avainillados (se nota el uso de la madera, pero mucho menos presente que en las líneas Single Vineyard o Primus). Al llevarlo a la boca tiene entrada amable, cuerpo medio y paso bien fluido; redunda en sabores frutales nítidos, con fresca acidez, taninos delicados y largo final de boca. ¡Un vino que a pesar de su juventud ya está riquísimo para tomar ahora! ¿Se podrá guardar? Supongo que 2-3 años, ofreciendo un poco más de complejidad e integración del roble. 

¿Ya lo probaron? ¿Les gusto? ¿Me cuentan? 

miércoles, 19 de mayo de 2021

BEBIBILIDAD

Los términos “bebibilidad” -o también “tomabilidad”- no existen en nuestro idioma (o al menos la Real Academia Española no los reconoce como válidos). Se trata de la castellanización literal del término inglés “drinkability”, adjetivo que se podría traducir como “facilidad para beberse”.

La “bebibilidad” es un atributo positivo muy utilizado en la industria de las bebidas alcohólicas, para referirse a aquellos productos que son fáciles de beber, de los que se puede tomar mayor cantidad sin esfuerzo, esos que “pasan más rápido”.

Dicho lo anterior podría entenderse como una noción bastante abstracta; aunque muy fácil de evidenciar empíricamente, por ejemplo cuando uno se enfrenta a dos botellas de vino y se da cuenta que una “baja” mucho más rápido que la otra. Parece una demostración poco científica, pero sumamente práctica a los fines de explicar el concepto.

Se han escrito varios trabajos académicos sobre el tema, pero al leerlos dejan más dudas que certezas. No está del todo claro cuáles son las características intrínsecas de la bebida que aumentan su “tomabilidad”, aunque hay ciertos indicios.

En general, los sabores y/o sensaciones táctiles de poco “impacto” en la boca hacen la bebida más bebible. Así por ejemplo, un vino blanco algo dulzón será más fácil de tomar que otro de marcado sabor amargo/ácido; o un tinto de taninos mansos se aceptará con mayor facilidad que uno muy astringente. Sin dudas se trata de una generalización, pero que sirve a modo de ejemplo.

Cabe mencionar -para matizar y/o complejizar aún más el asunto- que el “gusto adquirido” por las costumbres alimentarias en las distintas culturas puede alterar estas percepciones, haciendo que las generalidades mencionadas en el párrafo anterior no sean siempre extrapolables a todos los consumidores. Por ejemplo, una cerveza con chile picante podría ser rechazada por muchos bebedores argentinos, pero seguramente muy disfrutada por los mexicanos.

Resumiendo, la “tomabilidad” sin dudas existe, aunque su definición académica quizás deba esperar…

¿A qué viene todo este texto? A que anoche me tomé este vino tinto de Revancha Wines, que me resultó tan fácil de beber que con mi esposa nos tomamos toda la botella antes de la mitad de la cena. ¡Si eso no es “bebibilidad”, no sé qué decirles!

La Primera Revancha Merlot 2019 ($1600)

No hace falta decir que la Merlot es una de las grandes uvas tintas del mundo (aunque en nuestro país le demos poca bola). Este ejemplar, vinificado con uvas de Tupungato por Roberto & Rodrigo de la Mota en su proyecto familiar, muestra el lado más amigable de esta variedad. A la vista exhibe un color violáceo profundo, límpido y brillante. La nariz es intensa y rebosa de recuerdos a frutas negras y especias dulces. A la boca entra amable y frutado, casi goloso; a pesar de tener buena estructura su paso es franco y fluido gracias a una acidez perfectamente ajustada, para cerrar con taninos pulidos y larguísima persistencia. ¡Un vino bastante costoso, pero que merece la pena ser disfrutado! ($1600)


 ¿Y ustedes, me recomiendan algún otro vino altamente “chupable”?